Maritza Espino Ponce tenía 28 años. Era joven, tenía una vida por delante y alguien la arrancó de su propio destino
Su desaparición, reportada el pasado 24 de noviembre en Uruapan, terminó en una de las escenas más dolorosas y brutales: su cuerpo fue localizado este sábado dentro de un tambo que flotaba en un canal de desechos del río Santa Bárbara, en la colonia 18 de Marzo.
El hallazgo fue realizado alrededor de las 14:00 horas por personas que transitaban por la zona y dieron aviso a las autoridades. Elementos de Protección Civil Municipal colaboraron para recuperar el cuerpo, que posteriormente fue llevado al Semefo. Ahí, familiares confirmaron la identidad de Maritza.
Según la ficha de búsqueda, su último contacto con su familia fue a las 8:40 de la mañana del lunes, una llamada que hoy se convierte en un eco de urgencia y de una ausencia que ya nadie podrá reparar.
Hasta el momento, las autoridades no han informado detalles sobre las causas del feminicidio ni sobre posibles responsables. La investigación continúa, y la exigencia también: justicia con perspectiva de género, verdad y garantías de no repetición.
En México, las mujeres seguimos desapareciendo y siendo asesinadas en contextos donde la impunidad se mantiene como un muro que protege a los agresores. Contar la historia de Maritza es un recordatorio doloroso de que ninguna debería terminar siendo noticia, de que todas tenemos derecho a regresar a casa, de que nuestras vidas importan.
Mientras la familia enfrenta un duelo indescriptible, la sociedad tiene la responsabilidad de exigir que cada institución cumpla con su deber: proteger, buscar, investigar y garantizar justicia para ellas.
Porque Maritza no es un número ni un caso más.
Maritza era una mujer. Y merecía vivir.


