De los techos de cristal al síndrome de la impostora, el resultado de la exigencia patriarcal

Síndrome de la impostora: 2 de cada 3 mujeres lo ha experimentado durante algún momento de su vida

@Nuria Gabriela Hernández Abarca

Últimamente he escuchado a cada vez mas mujeres hablar de lo mal que se sienten con lo que han hecho de su vida, que si les falta tal o cual cosa, que si tienen tal o cual edad, que si son demasiado jóvenes o viejas para llegar a sus metas, entre otras cosas.

Y me he preguntado el papel que juega el patriarcado en la concepción que tenemos de nosotras mismas, de nuestra infancia, de los recuerdos que tenemos de ella, de nuestro presente y de lo que esperamos para el futuro de cada una de nosotras.

A veces con conciencia de género, sabemos que estos límites y reclamos están en nuestra memoria y son difíciles de arrancar, es lo que nos dijeron que así tenía que ser, a veces ni nos damos cuenta que tenemos esos límites, y vivimos eternamente pensando que no podemos hacer más de lo que hemos hecho, o que lo que tenemos no lo merecemos, o que alguien más lo merece más que nosotras, y la verdad esto tiene que acabar.

Yo te pregunto, ¿alguna vez has ido a trabajar pensando que eres un fraude o que no eres buena en lo que haces? ¿vives aterrada del fracaso, o de lo que la gente piense respecto a lo que haces o cómo lo haces?

Muy bien, te cuento, TÚ COMO MILES DE MUJERES vives un síndrome conocido como el síndrome del impostor, el cual a decir de la psicología es un trastorno en el cual las personas exitosas son incapaces de visibilizar, asimilar -y yo diría- disfrutar sin culpas sus logros. A decir la doctora Valerie Young, siete de cada 10 personas lo han sufrido alguna vez en su vida[1].

Por su parte estudios de la universidad de Cincinnati (EE. UU) ha destacado que los hombres tienen un 18 % menos de posibilidades de sufrir el síndrome del impostor y 2 de cada 3 mujeres lo ha experimentado durante algún momento de su vida.

Y un dato importante a tener en mente es que el 86 por ciento de las y los jóvenes de entre 18 y 34 años, han padecido esta afectación, teniendo como punto de origen la exigencia social respecto a lo que esta sociedad considera como éxito.

Esta situación que experimentan muchas mujeres tiende a minimizar y subestimar el éxito, pese a que te ha costado miles de horas de estudio, miles de sacrificios personales y profesionales; y en ese sentido la teoría dice que las y los “impostores” rechazan toda demostración de éxito y piensan que es por mera suerte, es decir, estar en el lugar y el momento adecuados, afectando gravemente tu desarrollo personal y profesional.

Desde mi punto de vista, lo que a algunas les enseñaron desde niñas respecto al éxito público y privado, es que muy pocas mujeres lo logran, es decir, históricamente nos enseñan que -eso no es para una-, y más bien, hemos tenido como referentes de éxito a miles de hombres, -muy pocas mujeres-, y a las que rompen ese estereotipo y logran ser exitosas en su vida profesional, pública y política, empieza a girar alrededor de ellas, historias de dependencia emocional, personal, amorosa y económica de otra persona, en su mayoría un hombre, -al cual por cierto jamás se le cuestiona su desarrollo y su éxito-, en este sentido,  estos mandatos sociales pueden ser los cimientos emocionales para que la impostora que tenemos dentro, se sienta cómoda ante una autoestima disminuida y un sistema social que sólo observa, reconoce y aplaude  el éxito desde los hombres, sin cuestionar nada, no así en el caso de las mujeres.

En el mismo sentido, el término «techo de cristal», mencionado por primera vez por ahí de los años 80s, hace referencia a todas aquellas barreras imperceptibles o invisibles a las que se exponen las mujeres altamente calificadas y con importantes actividades laborales o de liderazgo, que no les permiten alcanzar los niveles jerárquicos más altos o pensar si quiera en alcanzar nuevos horizontes profesionales o políticos, independientemente de sus méritos o logros laborales y de liderazgo.

Estas dos circunstancias tienen entre sus múltiples raíces, una cultura que desde temprana edad demerita todo lo que desde el ser mujer se crea, del cuestionamiento de la incursión de las mujeres en el espacio laboral y político, de la alta crítica por salirse del espacio designado socialmente para ellas, o por “saltarse las trancas” o “salirse del huacal”, como hemos escuchado coloquialmente al hecho de que las mujeres cuestionan los roles y estereotipos asignados para ellas y la forma en la que conscientemente deciden darles vuelta.

Como en todo proceso, el primer paso para dejar atrás alguna circunstancia, lo primero que tenemos que hacer es identificar si estamos frente a esa realidad, saber si tenemos techos de cristal que no nos dejan crecer, o si somos parte de la estadísticas de mujeres que viven con el síndrome de la impostora, para luego, dar paso a hacer un recorrido por la historia de nuestra vida, las creencias que nos inculcaron, o la forma en la que la educación y la sociedad a nuestro al rededor nos etiquetó, y formó, para finalmente, decidir hacer algunos cambios que nos ayuden a salir de ese lugar que estoy segura no nos hace nada bien y menos nada felices.

Entre algunas propuestas para identificar si vives estas realidades, la psicología sugiere:

  • Reconocerte cuando tienen estos pensamientos y escribirlos a finde de identificarlos, dejar de normalizarlos lo que te ayudará a romper el ciclo de pensamientos negativos y al escribirlos verlos desde otra perspectiva.
  • Realiza una lista lo más larga que puedas de tus fortalezas, logros, cosas realizadas, sueños alcanzados y retos superados, que te permita recordarte lo genial que eres en lo que haces.
  • Fortalecer tus vínculos y redes con personas que han sido parte de tus éxitos, así como ser capaz de compartir tus experiencias de éxito con otras personas a las que les interesa lograr lo que tu has logrado y aprender de los retos que enfrentaste para hacerlo.

Por lo anterior, es muy importante reconocer que, tanto los techos de cristal como el síndrome de la impostora, sólo son mecanismo de control social que los hacemos personales, para no salirnos de las normas establecidas legal o verbalmente con el fin de no brillar, no incomodar o no ser social o políticamente incorrectas, y que históricamente han hecho que las mujeres no logremos dar el paso que nos hace falta, levantar la mano cuando somos capaces de exigir más, guardar silencio cuando tenemos ganas de gritar, y agarrar de la mano a la otra para iniciar nuevos proyectos,  sin que se cuestione el por qué o el para qué o contra quien.

Así que, SI DE VERDAD queremos cambiar la realidad, la forma en la que las mujeres nos apropiamos de nuestra existencia, del espacio que ocupamos y de la forma en la que vivimos, empecemos con auto reconocernos, reconocer a la otra y dejar que todo aquel mandato que nos hizo ser lo que no queremos ser se quede atrás.

Reconozcámonos, y levantemos entonces nuestra voz, ya bien decía Malala Yousafzai “Cuando todo el mundo está en silencio, incluso una sola voz se vuelve poderosa”

[1] Para más información, revisar la investigación ‘The impostor phonomenon’, publicado en ‘International Journal of Behavorial Science’ y desarrollado por Jaruwan Sakulku, profesor del Instituto de Investigación en Ciencias del Comportamiento de la Universidad Srinakharinwirot (Tailandia), y James Alexander, de la facultad de psicología de la Universidad de Tasmania (Australia).  

 

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