La cesárea te bloquea en la conexión de madre e hijo
Ya les hablé de mi cesárea forzada, aquí más para sacarlo de una vez este sentimiento atorado
@Karla Ayala
Voy a dedicarle otra publicación a la cesárea porque de verdad no es cosa mínima en la vida de las mujeres que se convierten madres; muchas son criticadas porque prefieren este procedimiento para evitarse los dolores del parto, lo que no saben, esas que critican, que los dolores postcesárea son igual o más doloroso y por un tiempo prolongado para la recuperación.
Ya saben que soy una chica dramática y también les conté que quería un parto normal, las cosas no me salieron como las imaginaba en el momento del parto, incluso ahora que lo pienso es mucho más drástico dar a luz por cesárea porque tu cerebro no registra el nacimiento de tu hijo, ni el suceso que estás viviendo.
Dejen les doy más contexto. Cuando me tocó la cesárea yo no tuve ningún dolor, me sentía estupenda, dormí esplendido un día antes; claro emocionada como un día especial, tipo un día de paseo, pero hasta ahí no más.
Ahora que lo escribo estoy cayendo en cuenta que los dolores te preparan para amar a tu hijo y para asimilar este cambio que hay en tu vida; porque estamos hablando que tener un bebé recién nacido cambia “sí o sí” la vida de cualquiera.
AQUÍ MI HISTORIA DESASTROSA
Llegué a pie, casi corriendo porque se me hizo tarde y por eso el momento de que entré al quirófano fue de inmediato, solo me desnudé y me puse la bata respectiva, llené el formulario y me subieron al quirófano.
Estuve en un pasillo como 10 minutos viendo los focos y preguntándome que estaba sintiendo. Tenía miedo, pero nada de emoción, nada de amor por conocer a mi bebé y para no sentirme mal y mala decidí mejor no pensar más.
La raquea ni me dolió, un piquete en la espalda y lo que sí empezó a molestar fue esa sensación de no sentir las piernas, por lo demás estaba en modo de dejarme llevar y no cuestionarme tanto porque me catalogaba como mala madre por no emocionarme.
Los cortes de mi panza no los sentí, dicen que son siete capas de grasa y piel la que tienen que abrir para llegar al niño, solo escuchaba como succionaban sangre y supongo residuos de mí cuando yacía amarrada de brazos abiertos como Jesucristo en la plancha, sin visión de lo que estaba pasando.
Sentí la emoción hasta romper el llanto cuando la mejilla de mi hijo pegó con la mía, en mi caso no me lo pusieron piel por piel, ni me lo pasaron cuando salió de mi vientre, incluso cuando lloró lo único que sentí fue alivio por escucharlo vivo, pero nada de emoción de madre.
Después de sentir su mejilla calientita contra la mía me sentí menos mala madre, más tranquila porque si podía quererlo, pero no tenía esa necesidad de no soltarlo, y así nada más se lo llevaron al cunero mientras que yo seguí abierta de panza en la plancha.
Llegue a la habitación y mi madre como siempre que se emociona se puso mal, le subió la presión y yo como una roca, sin sentir nada. Cuando llegó el bebé a la habitación venía en una cunita de plástico transparente y todos se levantaron a verlo, menos yo que no podía moverme nada.
Nadie decía que me lo pasaran y como no tenía esa necesidad de verlo dejé que le tomaran fotos y le hicieran todas las muestras de cariño que yo no podía sentir. Pasada una hora aproximadamente porque no tenía noción del tiempo fue que entró la enfermera y me pasó al bebé para que intentara darle de comer.
Justo en ese momento que “debía” darle de comer al bebé empezaron a sentirse los dolores, unos retorcijones en el estomago que no aguantaba, una especie de cólicos a la quinta potencia; y cuando sentí el dolor de la cesárea ya no había vuelta atrás, ni modo de arrepentirme para ser mamá.
Entre los dolores, dar de comer e intentar pararte al baño nació el tan anhelado sentimiento de madre, no fue de un minuto al otro, sino gradual, fue entonces que así surgió el sentimiento de amor, hasta el grado de no querer separarme de ese pedacito de carne que yo hice en mi ser, de mi cuerpo, de mi panza; fue cuando observé sus manitas, cuando lo vi tan vulnerable y cuando el bebé me reconocía como madre que nació el amor incondicional de madre a hijo.



