Silenciar sus manos también es violencia: el asesinato de intérpretes LSM sacude a Michoacán
La comunidad sorda, los intérpretes de Lengua de Señas Mexicana (LSM) y quienes creemos en un país más justo e inclusivo estamos de luto. Michoacán vuelve a doler tras confirmarse el hallazgo sin vida de Víctor y Anayeli, intérpretes de LSM, y de su hija, una menor de edad, víctimas de una violencia brutal que hoy exige verdad, justicia y memoria.
@Karla Ayala
Víctor y Anayeli no solo traducían palabras: traducían derechos. A través de sus manos, miles de personas sordas accedieron a la justicia, a la información pública, a la salud y a la participación ciudadana. Su trabajo era profundamente político y social, aunque muchas veces invisibilizado y precarizado.
La desaparición y posterior asesinato de esta familia no puede leerse como un hecho aislado. Ocurre en un contexto donde la violencia estructural atraviesa cuerpos, territorios y profesiones, y donde las mujeres —como Anayeli— enfrentan riesgos diferenciados por su género. Ser mujer, defensora de derechos, trabajadora de cuidados comunitarios y madre, incrementa la vulnerabilidad en un país donde la impunidad sigue siendo norma.
El crimen también nos obliga a mirar el impacto diferenciado que tiene la violencia cuando hay una niña involucrada. Su vida fue arrebatada junto con la de sus padres, recordándonos que la niñez en México no está siendo protegida como lo mandata la ley ni la ética mínima.
Desde una perspectiva de género, este caso evidencia cómo la violencia no solo mata personas, sino que rompe redes de cuidado, de amor y de resistencia comunitaria. La comunidad sorda pierde aliados fundamentales; las mujeres pierden referentes; la sociedad pierde humanidad.
Hoy no basta con condenar. Es urgente que las autoridades investiguen con perspectiva de derechos humanos y de género, que no criminalicen a las víctimas y que garanticen justicia real. Nombrarlos es un acto político. Recordarlos, una forma de resistencia.
Porque callar sus manos también es una forma de violencia.
Porque la inclusión no puede existir sin seguridad.
Porque vivir y comunicar en paz no debería costar la vida.


